ADAPTARSE A LA ADOPCIÓN

ADAPTARSE A LA ADOPCIÓN

Sin que sirva como ejemplo para encasillar a nadie, podría establecerse un símil afirmando que podría haber dos tipos de personas: aquellas a las que les gustan los coches y
aquellas a las que les apasiona viajar y/o conducir. Las primeras son muy tiquismiquis a la hora de escoger un automóvil, y tienen en cuenta hasta el último detalle. Las segundas, por el contrario, no necesitan gran cosa para sentirse libres, tan sólo poner la mirada en el horizonte y disfrutar del recorrido, puesto que lo que les llena de satisfacción es el mero hecho de gozar de la carretera.


Pues bien, con la paternidad y la maternidad podría pasar lo mismo. Hay quienes quizás no se hayan parado a pensar si desean ser padres o si anhelan tener hijos.
Es muy importante diferenciar este matiz, puesto que aquellas personas que únicamente sientan la necesidad de tener hijos, sin replantearse previamente todo cuanto ello implica, probablemente (como sucede con los amantes de los coches), aspiren a convertirse en padres y madres de una criatura cuasi celestial. En cambio, los que hayan sopesado su decisión, con sus pros y con sus contras, tal vez quieran adentrarse en la aventura de convertirse en papás y/o en mamás porque confíen en que ello les va a hacer crecer como personas, asumiendo de antemano todas las dificultades que, debido a la propia naturaleza humana, acompañarán inevitablemente la crianza.


No se trata de juzgar a nadie por cómo toma sus decisiones, sino de preguntarnos a nosotros mismos si de verdad empleamos el tiempo necesario en reconsiderar los motivos que se esconden tras una cuestión tan importante como “por qué” o “para qué” queremos(o no) tener descendencia. Si finalmente concluimos que lo que verdaderamente nos motiva a dar el paso es ejercer este nuevo y desafiante rol, ¿qué importa, entonces, si esa personita que va a convertirnos en padres o en madres procede de nuestras entrañas o viene de un lejano país? ¿qué más da, si va a colmar nuestros deseos de criar y de educar de igual modo que si fuera biológicamente compatible con nosotros? Esa es la conclusión a la que llegan las personas que deciden embarcarse en un proceso de adopción, pero antes de lanzarse a dar ese paso deberían hacer un chequeo en torno a sus expectativas, y manejar cierta información sobre cómo tienden a comportarse los niños que han sido abandonados hasta que comienzan a adaptarse a su nuevo entorno.

Y es que un niño procedente de un país pobre donde su menú diario consiste en un par de tazones de arroz, y que se ha estado criando en un orfanato en el que jamás ha
recibido un abrazo de amor ni unas palabras de consuelo y de cariño, efectivamente tendrá su apego tremendamente dañado. Cuando le pongan un filete con patatas, probablemente se negará a comerlo, pero no por rebeldía ni por hacerle un feo a nadie, sino simplemente porque su paladar no está acostumbrado al sabor o a la textura de esos nuevos alimentos. Cuando le den una orden, como “recoge tus juguetes” o “ponte a hacer los deberes”, parecerá estar ignorándola por completo, mas el motivo de fondo no será que pasa olímpicamente de su nueva familia, sino que aún le cuesta comprender el nuevo idioma que, de un día para otro y a marchas forzadas, está teniendo que asimilar.

Y es que el cerebro de estos niños sigue tejiendo sus pensamientos en su lengua materna, pero esa lengua no la comprenden sus papás de adopción, de modo que, hasta
que no llegan a aprender el castellano perfectamente, van a mostrar una actitud aparentemente poco comunicativa, en la que los padres tendrán que intervenir tirando
masivamente del lenguaje no verbal o de juegos y dibujos para comenzar a crear un vínculo de afecto y de seguridad.

Algo muy positivo con las poblaciones adoptivas es destacar aquellos rasgos en los que se asemejan a su familia actual. Obviamente, no se tratará de rasgos físicos, pero
sí de una manera determinada de reírse o de utilizar el sentido del humor. Hacer esfuerzos por aprender la lengua nativa de los hijos que se adoptan para que ésta no se pierda es algo muy recomendable, además de suponer la preservación y validación de su identidad de origen. A estos niños se les ha de hablar de su historia, mediante relatos y cuentos, pero sin tratar de manipular la verdad. Han de saber que sus padres biológicos no pudieron hacerse cargo de ellos, pero que dichos padres han existido o existen, y que viven en un país menos afortunado que el nuestro, al que podrán acudir de visita si así lo desean, para rememorar las calles en las que dieron sus primeros pasos.

Independientemente de si un niño desea o no viajar a su país de procedencia, tendremos que respetar su decisión, y complementarla siempre con información cultural sobre las costumbres y tradiciones del mismo. Vemos que educar, en este caso, es similar a conducir. No sólo hay que tener en cuenta el tramo de carretera que nos aguarda tras la
luna delantera, sino que no debemos perder de vista el espejo retrovisor. Pasado y futuro están en constante interacción, y nos permiten disfrutar del camino hasta llegar a nuestra meta. Y, si el coche tiene arañazos, ¿eso qué más da? Si apreciamos las posibilidades que nos brinda, los iremos reparando con mimo poquito a poco, hasta que luzca
resplandeciente. Pues bien, con los hijos ha de suceder igual. Si en verdad queremos convertirnos en padres, no podemos esperar niños perfectos como un Ferrari recién salido del concesionario. ¡Y menos si provienen de un entorno hostil!

Tendremos que abrirles nuestros brazos y nuestro corazón y hacer de mecánicos con paciencia y comprensión, sin exigirnos (ni tampoco a ellos) demasiado.

¿Y tú? ¿Qué punto de vista “adoptas”?

Macarena Pinedo López. 

Graduada en Psicología. Alumna en prácticas externas del Máster General Sanitario 2021(UNED Albacete).

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